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20/04/2011
Ramírez de Arellano navega de nuevo

 Per R. Ventura-Melià

 Desde el viernes pasado, el navegante y cosmógrafo valenciano, Diego (Alfonso) Ramírez de Arellano vuelve a navegar y su categoría de descubridor, como piloto, cartógrafo y como escritor puede permitir ser rescatado y entrar en el patrimonio cultural valenciano, luego de cuatro siglos de olvido (o preterición).

Una edición de sus mapas y su libro, Reconocimiento de los estrechos de Magallanes y San Vicente, a cargo de la Institució Alfons el Magnànim, lo pone en el mapa.

Soy el primero en congratularme, porque este parto, múltiple (en dos volúmenes), nace de un artículo en Levante-EMV, y de la propuesta atrevida que le hice al entonces recién nombrado presidente de la Diputación de Valencia, Alfonso Rus, en un pasillo.

El proyecto, que requería un pilotaje, lo dejé en manos de Ricardo Bellveser y he de reconocer que, ha tardado cuatro años pero merecía la pena esperar, y que lo descargó técnicamente en las manos de Emilio Soler, experto en navegaciones, y amigo de ambos. Y como está bien lo que bien acaba hoy, lo podemos celebrar todos, doblemente, insisto.

Diego (antes Alfonso) Ramírez de Arellano nació en Xàtiva, no se sabe bien cuándo, y murió en 1633, pero en 1618-1619 acompañó al capitán García de Nodal en una expedición por el sur de Argentina y el estrecho de Magallanes, el paso del Sur. De resultas descubriría, cartografiaría y daría nombre a un cabo, un estrecho, una isla con su nombre y como Isla de Xàtiva a lo que hoy conocemos como Tierra de Fuego (primero en el siglo XVIII, Tierra de Fuegos). No es poco.

Pero es mucho más lo que dio de sí su libro, que le prohibían publicar por orden legal, y que en traducción inglesa llego a 18 ediciones, sí, y a las manos de Cook, el capitán, que lo usó y lo cita en sus Diarios, y de Daniel Defoe, que lo consultó para su Robinson Crusoe.

Esta edición, la primera en castellano desde la de 1621, es un  hito, por cuanto se basa en el manuscrito, hallado hace poco, y no sólo en el ejemplar de la Biblioteca Nacional (aquí, Lluís Racionero hizo un gran favor cuando se le requirió). Y por ello está enriquecida (lo que obligará a los británicos a hacer la 19 edición, corregida y aumentada, espero).

Desde que vi el nombre de este ilustre valenciano, en un trabajo de López Piñero sobre navegantes y cosmógrafos, me sentí intrigado y de resultas, publiqué el artículo de Levante-EMV, con el cual me fui a hacer la propuesta que tras peripecias varias, trabajos de unos y otros, contactos, intuiciones y persistencia, se ha visto coronada por el éxito. La ciencia y la historia avanzan con una tarea conjunta, con formación, intuiciones y el apoyo de las instituciones. Y a veces dan frutos como este. Un nuevo clásico acaba de renacer de las cenizas, y se pone de pie. Como Antonio José de Cavanilles, como Jorge Juan, pero de antes de las Luces. Echa luz sobre nuestro pasado. No éramos ni ignorantes ni provincianos. Había valencianos de primer orden que se proyectaban en el orbe. Y eran pioneros. Brindemos por nuestros ancestros.

 (Article publicat al diari Levante-EMV de 17 d'abril de 2011).

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